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Buscando una vida que merezca la pena ser vivida

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Escrito por | Archivado en Derechos humanos, Medicus Mundi FAMME | Fecha de publicación: 08-09-2015

Por Eduardo García Langarica

Un niño de tres años ha conseguido lo que hasta hace poco parecía imposible: el fin de la indiferencia ante el drama de los refugiados que llaman a las puertas de Europa. Y de paso, puede haber acabado con el mercadeo insoportable de números, que son personas, que cada país estaba dispuesto a recibir.

Se llama Aylan y tenía tres años. La imagen de su cuerpo tendido, muerto,  en la arena de una playa turca ha golpeado la conciencia y el corazón de esta Europa que, con su Nobel de La Paz a cuestas, solo es capaz de demostrar la hipocresía que la gobierna. Esta Europa fortaleza, donde nuestros mandatarios parecen querer mantenernos encerrados como rehenes, que se gasta en cinco años casi tres veces más en alambradas que en ayuda a refugiados. Esta Europa irresponsable que tira la piedra y esconde la mano en Libia, en Siria, en Egipto, en Irak, donde ha promocionado guerras y flirteado con golpes de estado en función de sus intereses geoestratégicos, energéticos o de minerales, o de los de su aliado norteamericano.

Se cuentan por miles los muertos en el Mediterráneo (el nuevo Mar Muerto lo ha llamado alguien), y no contamos los que no han llegado a él porque se han quedado por el camino, en las costas de Libia o en Gibraltar y, ahora, entre Turquía y Grecia.  Entre tanto, los gobiernos europeos miraban hacia otro lado, haciéndonos creer que los únicos culpables de esta crisis son los infectos contrabandistas de personas, obviando, como si hubiéramos estado inmersos en una amnesia colectiva, quiénes y por qué les echaron de sus casas y quiénes y por qué les cierran las puertas.

La Europa de las personas, la humanista, la que queremos construir sobre principios y valores, la inclusiva y hospitalaria, la de los derechos humanos, no debe ni puede permitirse dimitir de la obligación que tiene para quienes reclaman un derecho que les asiste, el derecho de asilo.

Mirar hacia otro lado no es responsable. La Europa de las personas, la humanista, la que queremos construir sobre principios y valores, la inclusiva y hospitalaria, la de los derechos humanos, no debe ni puede permitirse dimitir de la obligación que tiene para quienes reclaman un derecho que les asiste, el derecho de asilo. Las personas que llaman a nuestra puerta no son los culpables de esta crisis, como a veces se ha dado a entender, son las víctimas. Europa tiene el deber de auxiliar si no quiere que la historia le asigne el papel de verdugo.

Europa tiene el deber de auxiliar si no quiere que la historia le asigne el papel de verdugo.

Esperemos que ahora no pretendan  que distingamos entre los que huyen de la guerra y los que lo hacen de la pobreza, como si la miseria fuera diferente, como si la necesidad de una vida digna de ser vivida fuera diferente, como si las causas de una y otra fueran distintas. Porque no solo es un problema de solicitantes de asilo. Europa, además de un lugar seguro rodeado de países en conflicto, es una tierra rica que hace frontera  con mucha miseria.

Una vez más, la foto de un niño, Aylan, ha sacudido nuestras conciencias como aquellas otras, en los 80, de niños etíopes o biafreños muriendo de hambre. Ahora, como entonces, ha sido la ciudadanía quien ha puesto corazón a una realidad insoportable. Ahora, como entonces, la ciudanía se moviliza y mira a las ONGs, maltratadas, dicho sea de paso, por gobiernos como el nuestro.  Donar a una ONG o a quien sea está bien, pero no es suficiente. Debemos ir un poco más allá y pasar a la acción política si queremos  poner fin a esta Europa que, gobernada por los mercados, ya no es solidaria ni con sus propios ciudadanos.

Exijamos que nuestros gobernantes acaben con las políticas militaristas, comerciales, energéticas y económicas que obligan a miles de personas a huir de sus casas, buscando una vida que merezca la pena ser vivida y a la que, por otra parte, todos deberíamos tener derecho.

Debemos exigir a la Unión Europea y a los gobiernos de todos los estados que respeten y defiendan los derechos humanos, que dediquen más recursos a la cooperación al desarrollo, que dediquen más recursos y un cambio radical en la política de asilo. Pero lo que de verdad es urgente y, sobre todo muy pertinente, lo que es primordial y verdaderamente transformador es ir a la raíz del problema: la guerra. Y, ya puestos, exijamos que nuestros gobernantes acaben con las políticas militaristas, comerciales, energéticas y económicas que obligan a miles de personas a huir de sus casas, buscando una vida que merezca la pena ser vivida y a la que, por otra parte, todos deberíamos tener derecho.

Eduardo García Langarica es Presidente de la Federación de Asociaciones de medicusmundi España (FAMME)
Éste es un artículo de (comunicacion-andalucia@medicusmundi.es).

medicusmundi sur medicusmundi es una organización internacional especializada en salud, premio Príncipe de Asturias de la Concordia, trabaja en España desde 1963 y en Andalucia desde 1975

Comentarios (2)

Todo esto me parece magnifico y humanitario, pero que podemos hacer con nuestros cinco millones de parados que lo están pasando mal, muy mal, malísimamente, pasando hambre,acudiendo en manadas a Cáritas y con nuestros titulados que se marchan de España para ser camareros o peor en otros países. Vamos a ser solidarios con los nuestros y después con los otros

Pensamos que no hay que dejar de ser solidarios con unos para poder serlo con los otros (los “nuestros”, como usted dice). Y quizás conviene reflexionar sobre el hecho de que si en España estamos mal, y somos uno de los países más ricos del mundo, las personas que viven en los países realmente empobrecidos estarán infinitamente peor.
No, no queremos dejar de ser solidarios con ellos.
Carmen Sánchez Robles. Medicus mundi.

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